Un nuevo tipo de periodismo.
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La enseñanza y el aprendizaje
de la comunicación en los nuevos
escenarios sociales
Daniel Prieto Castillo
San José de Costa Rica
marzo de 2004
En mayo de 2003 ofrecí una conferencia en un vecino país, dentro del marco del encuentro Cien Años de Prensa en Panamá, al que fui invitado en esa ocasión por los colegas periodistas y por la Oficina de la Comunicación de la UNESCO para la región. En aquella oportunidad hablé de “La enseñanza y el aprendizaje de la comunicación: aportes y deudas a la profesión y a la sociedad”.
En este encuentro desarrollaré la temática “La enseñanza y el aprendizaje de la comunicación en los nuevos escenarios sociales”, como una continuación de aquellas reflexiones y con el propósito de ampliar la mirada hacia lo que de día en día nos demanda el contexto social.
Primero una aclaración: en ambos casos hablo de la enseñanza y el aprendizaje de la comunicación, porque quiero ir más allá de la tendencia a usar sólo la primera parte de la expresión. Sucede que cuando se la utiliza queda fuera nada menos que lo que ocurre con los estudiantes y algo peor, queda fuera la figura del educador como alguien también sujeto a las exigencias de estos tiempos y, por lo tanto, con necesidad de aprender a un ritmo vertiginoso.
Me he desempeñado como evaluador de universidades y de carreras de grado y posgrado. Hace años, cuando uno llegada en calidad de tal a una institución, las autoridades se apresuraban a mostrar la cantidad de estudiantes atendidos: tenemos tantos alumnos, tanta gente aprendiendo. Bien, desde hace ya más de una década, cuando llegamos a un establecimiento decimos: perfecto, muy bien su matrícula de jóvenes, pero ahora necesitamos conocer cuántos educadores tiene estudiando, tiene aprendiendo.
Para decirlo en pocas palabras: es tal el vértigo de las transformaciones sociales, que todos somos aprendices de esta complejísima realidad en la cual nos movemos.
Nuestros antecedentes
Quiero detenerme, retomando la presentación de Panamá, en la herencia más directa y más consistente de nuestras actuales escuelas y facultades de comunicación social, es decir, en una breve incursión a nuestros orígenes, de los cuales no nos hemos alejado. No pretendo mostrar aquí la tan necesaria secuencia de lo sucedido en nuestro campo por lo menos a partir de la década del 60. En este casi medio siglo construimos en América Latina toda una escuela de comunicación social, con teoría, metodología y práctica válida para compararse con lo hecho en cualquier otra parte del planeta. Esa historia nos constituye.
Centraré el análisis en dos líneas fundacionales:
-el periodismo;
-el discurso universitario.
A pesar de largas y a menudo estériles, discusiones entre la teoría y la práctica, la enseñanza universitaria de la comunicación es hija directa del periodismo y necesita siempre del mismo para nutrirse. Hablo desde mi experiencia en la teoría, la planificación y la metodología de la comunicación, pero también lo hago en mi calidad de periodista profesional, labor que no he abandonado nunca desde mis inicios en ella, hacia 1965.
Del periodismo heredamos en las aulas la conciencia de la necesidad del trabajo sobre y con la palabra. Este maravilloso instrumento de comunicación fue sostenido por generaciones enteras de seres que comprometieron su discurso a lo largo de décadas en todos los rincones de nuestra América Latina. El cultivo de la palabra, el cuidado de ella tanto desde el estilo como desde su capacidad de nombrar y de profundizar en la realidad, es una tarea para siempre de nuestras escuelas y facultades de comunicación.
Por las páginas de los diarios de nuestros países han pasado generaciones de seres empecinados en decir algo a los demás, desde la información, desde la poesía, desde la ciencia, desde incesantes manifestaciones de la cultura. La escritura ha sido siempre un terco intento de dejar huellas, cada trazo sobre el papel es una pisada de quienes no se contentan con surcar como sombras por la existencia. De huella en huella, uno termina por abrir profundos surcos donde fructifica la siembra.
Y a la base de todo, la dignísima presencia del periodista. No conozco una figura de mayor permanencia en el quehacer cultural de nuestro tiempo que la suya. Podría intentar algunos trazos ideales para delinearla. Pero sería un ejercicio inútil. Los seres protagonistas de ese oficio conformaron sin tregua un mosaico de diferencias. Que nadie sueñe, al recorrer los archivos de tanta creación, con una voz monocorde. El oficio abre el camino a la diferencia artesanal de una pieza a otra, y a la vez a las semejanzas de quienes comparten la historia y practican la palabra escrita.[1]
Del periodismo heredamos el impulso a la vivencia cotidiana de la sociedad. No es posible pensar en una carrera de comunicación de espaldas a ese vértigo de la vida diaria. Enclaustrarnos para tal enseñanza es negar la posibilidad de volcar la mirada y la pasión por aprender y comprender hacia el sentido de la práctica de la comunicación: los otros seres humanos.
Por eso también del periodismo heredamos la necesidad del acercamiento a la gente, del intercambio constante con los demás, con sus palabras, sus miradas, sus variados contextos.
Y, entre tantas otras líneas de reflexión que no desarrollaré aquí, del periodismo heredamos la infinita curiosidad por la trama de las prácticas humanas, porque si algo caracteriza esa maravillosa profesión es la búsqueda en todos los ámbitos del saber y de la cultura.
No fui nunca de los que impulsaron rupturas con la posibilidad de insertar a los egresados en los medios de comunicación. La práctica del periodismo constituye uno de los suelos nutricios de cualquier intento de ser alguien en nuestro campo. He insistido a lo largo de años en que no se puede pretender ser comunicador sin saber comunicar, y el espacio de las redacciones representa una escuela riquísima para lograr esa capacidad.
La otra raíz de nuestra práctica de la comunicación social está dada por el discurso universitario, con todas sus riquezas y sus carencias. Hablo con conocimiento del mismo, desde mi condición de universitario a lo largo de más de cuatro décadas y desde mi paso por las cátedras, la investigación y la gestión. Si algo me ha impresionado siempre en nuestra institución es la continuidad del discurso universitario, entendido en sentido amplio no sólo por lo que se comunica de manera oral o por escrito, sino la totalidad de significados que se ponen en juego de generación en generación.
No podemos negar que las escuelas y facultades de comunicación social han heredado mucho de dicho discurso, para bien y para mal. Podría extender la mirada en el tiempo para pensar lo que puede significar para un campo del saber como el nuestro, que se viene abriendo paso hace algunas décadas, el peso de más de diez siglos de tradición de dicho discurso. No lo haré, pero me detendré en algunos de los puntos de la concepción de la comunicación en nuestros establecimientos de educación superior.
En el año 1996 se llamó en la Argentina a categorización de los docentes universitarios. Era necesario presentar los antecedentes en el casillero correspondiente a la propia disciplina: formación, publicaciones, investigaciones, trabajo docente y de extensión, entre otras posibilidades. Fue armada para ello una lista de profesiones, a fin de que cada quien seleccionara la que le correspondía. En la misma, elaborada por rectores de universidades nacionales en las cuales había carreras de nuestra especialidad, no fue colocada la comunicación. Centenares de personas quedamos fuera y no hubo modo de cambiar las cosas, al menos en la primera convocatoria.
Primera herencia del viejo discurso universitario: hay disciplinas existentes y disciplinas inexistentes. La nuestra es en muchos contextos una de ellas, llegamos muy tarde al reparto del poder dentro de los claustros, no ocupamos un lugar en el concierto de las ciencias sociales. Esto todavía no deja de estar presente en muchos puntos de la región donde los estudios de comunicación no han sido legitimados dentro de esos juegos de poder en torno a la primacía en el campo de las ciencias sociales.[2]
La segunda herencia negativa que nos ha dejado el viejo discurso universitario ha sido el peso de la expresión científica (o de la expresión con pretensión científica, en muchos casos) por encima de la expresión dirigida a comunicar, a establecer puentes con los demás. Si la ciencia avanza por despersonalización y por tecnicismos, la comunicación se mueve en otros cauces, con vocación por la palabra y la escucha de los demás. No pretendo descalificar para nada el quehacer científico, pero si bien necesitamos bases para nuestra tarea, a la hora de la práctica, y de la educación para formarse como alguien con capacidad de llegar a los demás, el discurso científico en el trabajo cotidiano en las aulas tiene sus límites.
Nada peor que pretender enseñar comunicación desde una fuerte pobreza comunicacional. Se trata éste de un contrasentido inmenso y muchas veces a nombre de la ciencia se ha pretendido dejar de lado toda comunicabilidad en el trabajo educativo.
Por otra parte, el viejo discurso universitario sigue empecinado, al menos en nuestros países, en una compartimentación del saber, en una fragmentación que poco y nada tiene que ver con el anhelo de totalidad de la mirada comunicacional. No se avanza en la comprensión del mundo y de los otros desde retazos, casi harapos diríamos, de conocimientos inconexos dados de una clase a la otra, como si nada pudiera unir esa dispersión de informaciones.[3]
El viejo discurso universitario descansa sobremanera en la expresión oral, hay instituciones en las cuales casi nadie escribe y si desde los educadores no se modela esa práctica, mal puede exigírsela a los estudiantes.
En fin, en este despliegue que no agota las viejas y pesadas herencias, figuran los problemas comunicacionales de las universidades, con cátedras, ciclos, carreras, facultades aislados entre ellos, literalmente incomunicados en muchos casos.
¿Son todas negativas las herencias del viejo discurso universitario?
De ninguna manera. Si marcamos esas pesadas huellas, es porque necesitamos ser críticos con nuestro quehacer. Muchas universidades no han cumplido con la tarea de atender las necesidades y demandas comunicacionales de la sociedad porque han quedado enmarañadas en no pocas ocasiones en la trama del viejo discurso universitario, el cual no sabe mucho de comunicación y se empecina en quedarse encerrado en los exangües muros de los claustros.
Además, los establecimientos de educación superior tienen a menudo graves problemas de comunicación interna, con otras instituciones y con la sociedad en general y no aciertan a resolverlos, precisamente por el peso del viejo discurso institucional. Es curiosa, y lamentable, la ausencia en América Latina de carreras destinadas a formar a cabalidad comunicadores universitarios.[4]
Y sin embargo, a pesar de estas necesarias críticas, el aporte de la universidad a nuestro quehacer ha sido muy importante, tanto en la formación de nuestros estudiantes como en la presencia de la academia en las diferentes líneas de trabajo de nuestra profesión. El que los comunicadores y las comunicadoras constituyamos una presencia notable en el contexto latinoamericano se debe a dos bases que nos siguen sosteniendo en la actualidad: el periodismo y las instituciones universitarias
Estas últimas han jugado un papel central en la constitución de nuestro campo, aunque todavía quede mucho por hacer. Me refiero a los aportes a la investigación, a los equipos docentes bien preparados que no pocas instituciones han logrado consolidar, a la construcción incesante de conocimientos expresada en publicaciones periódicas y en libros, a verdaderas escuelas de pensamiento y de práctica que vienen influyendo de modo directo en la profesión.
De todas maneras, si me detengo en la crítica al viejo discurso universitario, es porque la tensión existe, a menudo los establecimientos de educación superior se enclaustran en demasía dentro de sus propios códigos y rencillas internas, con lo que se va cerrando el camino a la vocación por la sociedad que debería tener toda institución de ese tipo y de modo especial si se llama de enseñanza de la comunicación.
Hoy en las dos instancias fundacionales
Desde la década del 60 a nuestros días, las dos instancias fundacionales, periodismo y universidades, han cambiado mucho. En primer lugar, lo que ha cambiado es la sociedad en su conjunto. Las cuatro últimas décadas del siglo trajeron transformaciones planetarias que comprometen en la actualidad a la humanidad en su conjunto. Menciono sólo una de ellas: la aceleración de la destrucción de los recursos de vida del planeta.
Pero detengámonos en las instancias fundacionales. Me formé como periodista precisamente en los sesenta. La redacción fue mi escuela. Había por entonces un culto a la palabra escrita, una cercanía con la creación literaria, una preocupación constante por el estilo y por la riqueza expresiva. Había más tiempo para la lectura y, por lo tanto, más extensión de lo que comunicábamos. Me inicié en un periódico del interior del país. Había entonces un periodismo local, con muy poca presencia de agencias internacionales y de la capital del país. Quienes nos iniciábamos en esa práctica tan querida, lo hacíamos en el seno de una verdadera cultura profesional.
Veamos una variante del escenario contemporáneo en relación con nuestra práctica. Dice Guillermo Sunkel con respecto a lo que sucede en Chile: “Una segunda consecuencia es el debilitamiento de la cultura profesional de los periodistas. La desaparición de numerosos medios escritos, la consolidación de un mercado oligopólico en la prensa escrita, la saturación del mercado profesional de periodistas como consecuencia de la explosión de Escuelas de Periodismo en los 80, la fuerte desprotección sindical y gremial en que se encuentran los profesionales de los medios, son todos factores que concurren a debilitar esta cultura profesional.”[5]
También en la década del 60 realicé mis estudios universitarios en un establecimiento de un altísimo nivel de exigencia, en un clima de culto al conocimiento y de aprendizaje sostenido, aún cuando no tuviéramos los mejores ejemplos de una pedagogía universitaria. Algunos de mis maestros eran precisamente maestros, con esa pasión por la formación del discípulo, con una enorme generosidad, con una sólida cultura universitaria. La universidad argentina sufrió terribles cambios desde entonces, provocados por la dictadura, sin duda, pero también por un debilitamiento de su estructura, por una multiplicación de casas de estudios y por una pérdida de su lugar en el concierto de la sociedad. Me refiero con esto último a la forma en que perdió prestigio social la figura del docente universitario, a lo que se añaden las dificultades de inserción de los egresados en el campo laboral.
Para decirlo en pocas palabras: la cultura periodística y la cultura universitaria se han debilitado en estos tiempos, y con ellas se ha debilitado la figura social del periodistas y educadores. Digo esto con todo respecto, pero lo digo también con toda fuerza desde mi condición de periodista y de universitario.
Estoy enfatizando un lado de la compleja realidad de la comunicación social. No desarrollaré aquí todo lo que viene ocurriendo con la digitalización, con las redes de comunicadores y de medios, con una explosión de información como nunca se vivió a escala planetaria. Pero en el día a día, en la cotidianidad de nuestra tarea en las universidades y en el periodismo, vivimos ese debilitamiento de las figuras.
Desde esos escenarios correspondientes a nuestros respectivos campos de trabajo paso ahora a referirme a los escenarios sociales. No es mi intención aquí detenerme en todo lo que nos viene sucediendo con la globalización y con la concepción del planeta como un campo de batalla. He entregado a Radio Nederland este año un libro sobre la temática, llamado Todas las guerras, reflexiones sobre la historia y la práctica de la violencia, mi argumento es que no es bueno desconocer lo que significa la Tierra como escenario bélico, no lo es ni para la prensa ni para las universidades.
Para orientar mi reflexión hacia lo que la sociedad debería esperar de la universidad y de la prensa, traigo aquí una cuestión de sumo valor en la sociedad contemporánea, tomando en consideración lo que significa la emergencia de lo que Margarida Krohling llama “nuevas ciudadanías”: “…por ejemplo, la ciudadanía planetaria que actúa movida por la sociedad civil global; los grupos activistas ecológicos para preservar el medio ambiente; grupos ligados a la música y las artes plásticas que desarrollan proyectos sociales/culturales para niños de favelas y de la periferia de las grandes ciudades; ciudadanía de las minorías sociales, representadas por las relaciones de género, etnia, diversidad, deficientes físicos, reintegración de presos en la sociedad, valorización de los ancianos, etc.; ciudadanos e inmigrantes que se desubican en su viaje por el mundo y precisan tener derechos asegurados…”[6]
Añade la autora: “Todas esas posibles formas nuevas de ciudadanía fatalmente van a precisar mucho de la comunicación para llevar adelante sus proyectos y acciones de lucha para lograr sus objetivos. En este contexto, los medios de comunicación directa, los medios alternativos y los medios impresos, electrónicos y digitales, tendrán que ser accionados de forma articulada y bien pensada, en busca de espacios de visibilidad pública y de resultados.”
¿Estamos, periodistas y universitarios, en capacidad de investigar, rescatar, promover, comunicar a favor de esas ciudadanías? Existen lo que podemos denominar condiciones objetivas que dificultan esa tarea: los condicionamientos de los medios de comunicación en relación con la información a comunicar y las limitaciones de las instituciones universitarias demasiado dedicadas a formar profesionales dirigidos hacia un mercado en el que puedan, al menos teóricamente, insertarse las y los egresados.
Insisto en señalar tendencias y también en reconocer la existencia de iniciativas en medios de comunicación dirigidas a trabajar sobre esas formas de ciudadanía, así como investigaciones de estudiantes sobre las mismas. Pero las tendencias van por el lado del desconocimiento, de la colaboración en una suerte de invisibilidad social de esos sectores de la población.
Caben algunas preguntas: si no alcanzamos a cubrir esos campos desde la prensa y desde el quehacer universitario, ¿hemos atendido otras necesidades y demandas comunicacionales del tejido social? ¿Podemos darnos por satisfechos con la práctica de nuestros egresados a lo largo y a lo ancho de nuestros tan complejos y variados países y con lo que la prensa aporta al conocimiento de dicha variedad?
Sin duda no.
Una enorme cantidad de establecimientos (más de 500), miles de estudiantes y de egresados, no nos aseguran mágicamente esa cobertura, simple y sencillamente porque las orientaciones de las diferentes escuelas y facultades dedicadas a nuestra especialidad no abarcan la totalidad del universo. Me refiero a la comunicación y la educación, la comunicación y la salud, la comunicación y el medio ambiente, la comunicación, rural, la comunicación y la problemática de género, la comunicación y la niñez, entre otras posibilidades.[7]
De modo que somos muchos, pero no estamos en todos los sitios donde nos necesitan, ni como establecimientos universitarios, ni como hombres y mujeres de prensa.
En la conferencia de Panamá, a la que aludí al comienzo, dirigí la atención a lo que la sociedad debería esperar de la tarea de los establecimientos dedicados a la enseñanza de la comunicación social. Retomaré esos puntos para aportar a este encuentro en San José, recordando que el énfasis puesto en la enseñanza y el aprendizaje por parte de todos quienes forman parte de una comunidad de estudios, a lo que añado ahora también a quienes ejercen algún tipo de trabajo de comunicación social.
Me detendré en cinco puntos:
-la legitimación de la comunicación social;
-la formación de profesionales con capacidad de comunicar;
-la formación de profesionales con capacidad de investigar;
-la formación de profesionales con vocación y competencias para trabajar en distintas vertientes de la comunicación social: salud, medio ambiente, educación, niñez, juventud…;
-la generación de líneas sostenidas, en el tiempo y en la profundización, de capacitación para los periodistas en ejercicio.
La legitimación de la comunicación social
El cercano ejemplo que mencioné de universidades empecinadas en no reconocer el valor disciplinar y social de nuestros estudios, no constituye de ningún modo una excepción en el contexto latinoamericano. Dentro de los movimientos de poder de las universidades, todavía andamos pidiendo permiso para existir, como si no hubiéramos aportado casi nada al saber y a la práctica en las últimas décadas.
Esto sucede porque en general se nace como parte de una estructura que aparentemente no cambiará jamás. Se termina por aceptar un sitio preestablecido y se comienza a funcionar dentro de sus límites como si los mismos fueran algo colocado allí para siempre.
Necesitamos un vigoroso esfuerzo de legitimación, tanto por parte de quienes trabajan en escuelas y facultades de la especialidad como de las autoridades de nuestras casas de estudios. La comunicación social tiene mucho que aportar a la universidad desde adentro de ella.
Cuando se hace un esfuerzo de volcar todo el potencial de nuestros estudios a la propia institución, los resultados son apasionantes, como pudimos apreciarlo en el autodiagnóstico comunicacional que realizó la Universidad “José Simeón Cañas” de El Salvador, en 1999, autodiagnóstico para todos los ámbitos del establecimiento, coordinado por personal de la carrera de comunicación. Añado a esto que allí se vivió un intenso proceso de legitimación, ya que dichos estudios nacieron en 1991.[8]
Es cierto que nos venimos legitimando a través de los cauces previstos por el mundo universitario (publicaciones, investigaciones, congresos, egresados…), pero ellos no son suficientes. Una presencia de lo comunicacional en los espacios de la educación superior constituye siempre una bocanada de aire puro, un aliento de democratización que tenemos la obligación de protagonizar.
La formación de profesionales con capacidad de comunicar
Colocar este punto parece un contrasentido, cuando una suerte de burla. ¿Acaso no hemos venido haciendo esto desde hace más de 40 años? ¿No están a la vista los cursos de redacción periodística, las técnicas de la entrevista, las lingüísticas, las semióticas, los análisis del discurso…?
Reconozcamos que sí están, pero reconozcamos también que en muchos establecimientos de la región hemos, de alguna manera, fracasado en nuestros esfuerzos por lograr comunicadores con capacidad de comunicar.
Pero,, ,¿afirma usted que nuestros estudiantes no saben escribir? No, no digo eso. Afirmo que muchos de nuestros estudiantes no egresan con una riqueza expresiva que les permita apasionarse por lo que van comunicando, que les haga posible llegar a cualquier tipo de público sin andarse chocando con las palabras, que les provoque un goce a la hora de armar sus propuestas discursivas, sea en el terreno de la práctica social que sea.
No se trata sólo de escribir correctamente (algo en lo cual, de todas maneras, hay problemas), sino de ser uno con el lenguaje, de sentirse un ser de comunicación, de mirar la propia actividad, el mundo, cada página escrita, cada producto audiovisual, con una mirada comunicacional.
Sin duda el entusiasmo y la energía de las y los jóvenes no se detiene cuando hay problemas para comunicarse por escrito. Los ejemplos de la capacidad de expresarse por los medios audiovisuales son clarísimos en este sentido, pero la palabra escrita es nuestro permanente suelo nutricio en el oficio de comunicar.
La formación de profesionales con capacidad de investigar
Idénticas preguntas del apartado anterior: ¿acaso no insistimos en la investigación?, ¿no están ahí nuestras asignaturas dedicadas a explicar los paradigmas cuantitativo y cualitativo?, ¿no avanzamos de manera constante en los estudios culturales y de recepción?
Ninguna intención tengo de negar todo lo hecho y lo producido. Pero el problema se centra en el hecho de que la investigación está casi siempre relegada a una porción mínima de toda una carrera, hay las materias de investigación, hay alguna otra en la cual se interroga cierto aspecto de la realidad, pero no encontramos propuestas curriculares en las cuales se pida un esfuerzo de pregunta y de indagación en todas y cada una de las asignaturas. Seguimos todavía en muchos de nuestros establecimientos con una distribución indiscriminada de certezas y no con un trabajo sostenido sobre preguntas y problemas. Si en cuatro o cinco años de carrera son dedicados a investigar el equivalente a uno o medio semestre, mal puede aspirarse a desarrollar una actitud investigativa para toda la vida profesional.
Otro problema está dado por nuestros docentes investigadores. En muchos establecimientos, la condena a trabajar por horas, sin tiempo para la reflexión y la indagación, hace que la creación de conocimientos se limite en demasía, con lo que los estudiantes terminan por formarse junto a educadores que se limitan a repetir lo encontrado en los textos y, más recientemente, en Internet.
Vocación y competencias para distintas vertientes de la comunicación social
He aludido a lo largo de esta exposición a temas como salud, medio ambiente, niñez, medio rural, educación, juventud, género, ciudadanía, paz…, entre otros de igual importancia. Constatamos en toda la región latinoamericana experiencias muy significativas en dirección a ellos, pero que siempre cuentan como excepciones. Las escuelas y facultades de comunicación necesitan abrirse mucho más para cubrir esos ámbitos de extrema necesidad y demanda social.
Hay que ofrecer a la comunidad personas preparadas para moverse con madurez comunicacional en distintos escenarios, no sólo para aspirar a ser alguien a través de la pantalla. Y en esa preparación entran la capacidad de realizar diagnósticos comunicacionales, de reconocer y trabajar sobre problemas comunicacionales, de planificar, de producir, de dialogar e impulsar la participación de distintos sectores de la población.[9]
Líneas sostenidas de capacitación para periodistas en ejercicio
Hemos indicado que el impulso a la comunicación social nació en gran medida de la base construida por el periodismo en América Latina y de la iniciativa de distintas organizaciones de colegas que llevaron a la fundación de carreras de nuestras especialidad. Nuestra deuda desde las universidades con el periodismo es para siempre, tanto en el sentido de preparar buenos profesionales como en el de ofrecer alternativas de educación permanente a quienes se desempeñan en los diferentes medios.
La conciencia de esto último está clara. Pero lo que no termina de cristalizar es la continuidad de la oferta, ya que en general presenciamos buenas iniciativas aisladas, no corrientes ininterrumpidas de oportunidades de capacitación y actualización.
Volvemos otra vez al peso del viejo discurso universitario. Las escuelas y facultades de comunicación, nacidas para apoyar la profesión periodística y a la vez para abrirse a otros ámbitos del quehacer comunicacional en la sociedad, a menudo terminan encerradas en una lógica muy especial, que consiste en quedarse en un juego educativo intramuros, intraclaustro, sin salidas claras hacia una realidad de la cual pueden obtener todo su sentido.
Dedicar parte del quehacer de la carrera a un diálogo, a una interacción y a un interaprendizaje continuos con la profesión periodística, no significa una dádiva o una pérdida de tiempo, sino una obligación institucional.
Por eso son tan importantes, para llevar adelante tareas tan ambiciosas, las alianzas entre carreras, medios de comunicación, gremios, agencias internacionales como la UNESCO, organizaciones no gubernamentales, el propio estado, entre otros actores sociales de igual importancia.
Necesitamos profesionales capaces de comunicar bien, de investigar, de moverse con igual madurez comunicacional en distintos escenarios sociales. Y necesitamos un esfuerzo de legitimación de nuestros estudios y una proyección clara hacia la práctica periodística.
No tengo ningún interés en juzgar a nadie con las afirmaciones vertidas en estas páginas. Mi reflexión busca construir, no destruir y mucho menos señalar. Si reconozco ausencias y carencias, es porque pienso que contamos con la suficiente calidad humana, el suficiente desarrollo teórico y metodológico y el suficiente vigor intelectual y profesional como para superarlas.
De modo que toda mi argumentación se centra en un ejercicio de confianza, en un reconocimiento de lo que hemos sido, somos y podemos ser en este maravilloso campo de la comunicación social, que no deja de crecer y de desafiarnos con inéditas transformaciones y exigencias.
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[1] He tratado de reflejar esto en mi libro La pasión por el discurso, cartas a estudiantes de comunicación, México, Ed. Coyoacán, 1994.
[2] Sobre la práctica del poder en el ámbito de las universidad puede consultarse los textos del argentino Augusto Pérez Lindo.
[3] Con Francisco Gutiérrez Pérez venimos trabajando desde fines de los 80 en una línea denominada mediación pedagógica, dirigida a repensar la práctica de los docentes en general y quienes se dedican a la comunicación en particular. Nuestro libro La mediación pedagógica, apuntes para una educación a distancia alternativa, Buenos Aires, Ed. Ciccus-La Crujía, 1999.
[4] En 1973 iniciamos en Mendoza, Argentina, una orientación hacia la comunicación universitaria, dentro de la Escuela de Comunicación Social. El proyecto fue truncado por el golpe militar de 1976. Desde entonces, en más de 25 años, poco y nada se ha hecho en dirección a la formación de especialistas en ese fundamental ámbito de las instituciones universitarias.
[5] Guillermo Sunkel “Campos de investigación y políticas de comunicación. Abandonos y complacencias” en revista Diálogos de comunicación, FELAFACS, diciembre de 2003, pp. 67 a 76.
[6] Margarida Krohling, “Campos de estudios emergentes en comunicación en las nuevas ciudadanías”, en Revista Diálogos, Ed. FELAFACS, diciembre de 2003, Lima, pp. 77 a 89.
[7] Durante años, a partir de los 60, estos campos quedaban en manos de gente bien intencionada dedicada a cubrir lo que las universidades no cubrían. Luego se fue abriendo la conciencia de la necesidad de generar, teoría, metodologías y propuestas para la práctica. Los reclamos vinieron desde la propia sociedad, desde las organizaciones no gubernamentales, desde agencias internacionales y también desde sectores del estado.
[8] Me enorgullezco de haber participado en el equipo que elaboró el primer plan de estudios de esa carrera y de haber sido llamado por la universidad para coordinar el autodiagnóstico comunicacional.
[9] Me tocó colaborar, desde 1995 a 1991 en una rica experiencia orientada en esa dirección: la Maestría en Planificación y Gestión de Procesos Comunicacionales, de la Facultad de Comunicación y Periodismo de la Universidad Nacional de la Plata, Argentina.
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